En horas, minutos y segundos

Suelo y hojas secasNo sé si es tu recuerdo o mi engaño disfrazado de nostalgia, pero me paso el día buscando tu olor entre las sábanas, aguantando las lágrimas con tus iniciales grabadas, regalando sonrisas a desconocidos. No logro verte y, sin embargo, no puedo evitar sentirte en todas partes.

Llevo horas buscando una explicación lógica a tu ausencia; a tus abrazos perdidos; a tu cobarde lejanía; a tu “te quiero” destronado vistiéndose de orgullo, mostrando una felicidad que ojalá no fuese falsa para destruirme del todo y empezar de cero. Llevo horas reprimiendo las ganas de escribirte, de suplicarte que vuelvas y me agarres con fuerza contra ti, de pedirte que jamás vuelvas a marcharte.

Llevo minutos tratando de enfocar mi desdicha en unas líneas, mi locura y tristeza en unos párrafos, mirando por la ventana cómo la luz va cambiando su dirección y el viento va barriendo las hojas caídas.

Y en los últimos segundos, éstos durante los cuales escribo, mi cabeza sólo repite una cosa: olvídalo, se acabó.

No estabas hecho para mí. Pero lo peor, lo que duele, lo que enjaula, lo que muerde con rabia es que yo nunca fui para ti.

Hasta siempre, amor.

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Ayer

Sunset

Ayer leí nuestra historia al revés, desde el final hasta el principio; desde el último grito hasta la primera sonrisa; de silencio a silencio; de desconocidos a desconocidos.

Empecé por el defecto y acabé en el mismo disfrazado de virtud, pasando de los celos a la confianza, del reproche a la caricia, del orgullo a la entrega, de la distancia a la cama.

Ayer me di cuenta de cómo dejamos que lo bonito se desgastara, que lo que nos unía nos separase. Me percaté de la ingenuidad de nuestro primer beso y del egoísmo que acogimos olvidando su valor.

Recordé nuestros fallos, los cuales empezaron siendo promesas que jamás cometeríamos. Vi los detalles, los abrazos, las buenas formas, el tú y yo convertidos en nada.

Ayer comencé odiándote y acabé echándote de menos.

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Páginas en blanco

Ventana2

Como en la ventana indiscreta, mirando desde arriba cómo el bullicio se mezclaba sobre baldosas negras y blancas sin apenas percatarse de con quién cruzaban sus miradas. Al infinito, perdidas, con el móvil en la mano.

Fijaba su mente en los pasos de todo el que paseaba por aquella calle tan conocida y transitada de Madrid. Tratando de obviar las millones de preguntas sin respuesta que buscaban hacerle caer en un auténtico delirio, buscaba centrar su atención en vidas ajenas.

Era de aquellos días en los que tu autoestima roza la desesperación y anhela encontrarse de nuevo. Arriba, arriba. Sorbía café mientras se repetía sin consciencia: todo va a ir bien, ya te reirás de esto. Ráfagas de él, de su ignorancia e inmadurez golpeaban con fuerza sus recuerdos. Desde el minuto uno, fue un auténtico “game over”.

Lo que más duele de pasar una página es cómo lo haces y cómo lo hace, son las herramientas que cada herida decide utilizar para empezar de nuevo, para cerrarse. Lo ideal sería un acuerdo, pero no siempre es posible y ya se sabe que un animal herido nunca ha sido de fiar. Así comienza una lucha entre dos corazones y dos cabezas, que se contradicen y pierden en ocasiones los papeles.

Las rupturas nunca han sido plato de buen gusto. Ni para el dejado ni para el que lo deja. Poner un punto y aparte a un día a día duele a cualquiera, ya sea por la costumbre y cariño o por la sensación que genera de vacío e incertidumbre. ¿Y ahora qué?

Sorbió otro poco de café y decidió unirse al desfile de paraguas que inundaba aquella calle. Dejó que sus zapatos decidiesen la intensidad de sus pisadas y volvió a su nueva rutina, a su página en blanco y escribió: estas son las últimas palabras impregnadas de ti, las primeras de una nueva etapa en la que pienso, sin dudarlo, ser feliz.

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Un sabor agridulce

Foto: Cristina Coello Lanza/ Verano 2013

Foto: Cristina Coello Lanza/ Verano 2013

El frío comenzaba a hacerse hueco en la ciudad, como cada año al despedirse el verano. La conversación duró lo que tarda un cigarro en consumirse, con caladas fuertes pero pausadas.

Cogiendo aire y acompañando las palabras con entrecortados suspiros, que avecinaban algo importante, me cogió la mano y empezó a sonreír con nerviosismo, como el que busca arrancar tímidamente un discurso.

Sentía cómo le temblaban las manos e incluso llegué a imaginar cada pensamiento cruzado por su mente, cientos de palabras tratando de buscar su orden lógico, su elegancia y perfecta forma de transmitir una idea, opinión o sentimiento.

Yo tampoco sabía qué decir, así que me refugiaba en la impaciencia de tratar de adivinar qué es lo que quería expresar y si yo sabría cómo reaccionar. La pelota estaba ya en su tejado, a mí no me quedaba más que saber estar a la altura.

Finalmente, le venció el instinto más natural y a mi parecer más humano. Se sentó a mi lado con cariño, me rodeó con sus brazos y con voz firme, pero mirando al infinito, me dijo: te voy a echar mucho de menos.

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Fingir

The MoonTe perdí hace un rato, hace una vida. Aquel bar fue testigo de mi última risa, aquella tienda de mi última compra razonada y tu cama la última que pudo sentir cómo me aceleraba al sentirte. Salí en busca de una aventura, a sabiendas del error que una caricia cruzada en mi camino supondría.

Ceder a labios ajenos la voluntad de retarme fue sólo una excusa más para olvidar tus abrazos. Y todavía los echo de menos, aunque nadie lo imagine. La facilidad de mantener en silencio el dolor es algo que tengo conquistado en batallas anteriores, donde rompiendo a llorar me juraba a mí misma nuevos senderos en futuras derrotas.

Mantengo la sonrisa y miro con intensidad, tratando de alcanzar ese umbral que permite a la lucidez del presente relativizar los problemas, las partidas y un adiós.

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La carta que jamás te escribí

Writing1Las líneas quedaron bajo la almohada, junto a mis incógnitas y dudas. Quizás fue el miedo a desprenderme del sentimiento que despertabas entre mis manos con cada roce, quizás fue el miedo a decir de forma definitiva adiós a aquella mirada que dejaba mi mundo en standby.

Puede que fuese la imposibilidad de no responder a esa sonrisa, que hacía temblar cada centímetro de mí, incluso cuando sobrepasaba las fáciles dos cervezas con las que buscamos derrotar la vergüenza y los nervios.

Tuve tanto miedo que frené las ganas de pisar el acelerador y gritar frente a tu ventana cuánto te iba a echar de menos. Fui tan cobarde que nunca supe expresar la pena que nuestra huída forzó a aterrizar sobre mi rutina.

Me escondí y dejé que la ceniza de mis cigarros consumiese cada instante, contabilizando en lágrimas los pasos que fueron alejándome de ti. Disimulé con guiños y copas, reflejando de cara a la galería la libertad con la que tu partida iba impregnando mi vida.

Sólo en mis momentos de fuga dejaba brotar el miedo que me daba no volver a verte, lo mucho que extrañaba tu manera tímida de acariciarme o cómo rozabas con la mano tu nariz y te mordías el labio inferior, invitándome a perder la cabeza en tu boca.

Ojalá te hubiese dicho que me quedé prendada de tu mirada el primer día que te vi y que no tantas veces se enciende esa llama en un primer encuentro, al menos en mí; que no es tan sencillo desear dejarlo todo y echar a correr hacia ninguna parte, sencillamente porque sabes que puedes enamorarte y, sin embargo, acabar inevitablemente dejándote llevar.

Trataba de aprovechar las horas de sueño para librarme de tu recuerdo, pero incluso a veces te paseabas por allí, haciendo más difícil dar los buenos días a mi rutina. Hiciste que tu olvido se hiciese casi imposible, logrando generar dudas sobre las teorías que durante mucho tiempo fui construyendo acerca del amor y desamor en base a mi experiencia.

Todavía te echo de menos, aunque no logro dar respuesta a la intensidad o dirección que alcanzan mis sentimientos. Ya no te necesito para sonreír, pero aún siento cierto vacío al oír tu nombre o recibir noticias tuyas.

Siento no habértelo dicho, siento que nunca recibieses unas palabras dedicadas que expresasen con sinceridad lo que has significado en mi vida, tu potencial a la hora de conquistar mentes.

Y es que, a pesar de no recibir una respuesta o que ésta pudiese ser una daga directa al corazón, reconozco seguir creyendo en la magia que despierta conocer lo que alguien valora, aprecia o desea, la valentía de realizar locuras sin argumentos racionales.

No te escribiré una carta, ni confesaré jamás mi espera eterna, pero si algún día lograses adivinarlo no te enfades ni me digas que lo sabes. No me llames ni exijas cuentas pendientes, no dejes de hablarme, ni busques en mis actos o palabras pistas o justificaciones. Simplemente, siéntete eterno.

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