Deja de temblar

FuegoDi un portazo. Así acabó todo. Tu coraza apareció y, en olas de sufrimiento, saltaron los reproches, el dolor y el orgullo en forma de ejército, como si librasen la batalla más cruenta de tu historia, de la nuestra. Estalló la Tercera Guerra Mundial y sólo nosotros nos dimos cuenta. Sólo tú y yo, una vez más, pero esta vez contra quien apuntamos nuestras armas no eran simples conocidos.

Descargamos y acertamos cada tiro, entremezclando en el aire lo que se convirtió en una brisa de auténtico dolor.

Y pasaron trenes, muchos, pero aquella noche sigue robándote el sueño. Buscas mil respuestas y ninguna logra convencerte. No entiendes cómo pudo pasar, ni cómo fui capaz de desviar tus caricias de mi camino, de obviar tus distintas sonrisas, que para mí construían un único e infinito mundo: el tuyo y el mío. No comprendes cómo tantas noches de pasión, incendiadas en éxtasis, hoy suponen una incógnita en una larga lista de cosas por hacer y cómo dejaste de ser mi principio para convertirte en un mero punto y final. O eso piensas tú. No entiendes nada y sigues dándole vueltas. Déjalo, en serio. Hazlo por ti y hazlo por mí. Haznos este favor porque ni yo misma podría justificar mi huida, ni mis ganas de pedirte que te quedes con un cargado peso de incoherencia encima.

Di un portazo y mi mente quedó atrapada en el umbral que separaba tu casa de la calle, tus brazos de los míos, tus noches de mis días. Di aquel portazo porque de verdad creí que jamás nadie se haría con el trono de mis emociones como la primera vez que tú lo hiciste.

Di un portazo y te echo de menos. De verdad que lo hago. Pero deja de llorar y buscar respuestas, porque mientras tú sigues dedicándome lágrimas que me ahogan en la distancia, el mundo no se para. Que mientras tú te preguntas si me arrepiento una y otra vez, millones de parejas han roto y se han reconciliado, millones de personas han sido capaces de declararse y otros tantos millones han encontrado al amor de su vida. Que mientras tú miras al cielo con esperanza de que todo esto sea una maldita pesadilla, otros tantos disfrutan del placer de un café en una terraza, sin sufrir por los golpes de una puñalada o de una despedida. Que mientras tú piensas en mi recuerdo a cada instante y reconstruyes toda escena de lo que fue y hoy no es, a tu alrededor hay seguro y como mínimo una persona deseando dibujar de nuevo en tu rostro una sonrisa. Una diferente, llena de experiencia, colmada de aprendizaje y con mis huellas, pero distinta.

Que no me esperes, porque tú vales más que cualquier reconstrucción del pasado. Que si alguien ha de sufrir, no eres tú, sino yo por haberte dejado escapar. Sigamos adelante y, por favor, no me odies.

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