Y te fuiste

Gota de aguaSerá el miedo a perderte o las ganas de pedirte que te quedes las responsables de que me aferre hoy fuerte al borde de la cama, mientras oleadas saladas cubren el rostro de más de mil batallas perdidas.

Recorro los relojes volteando las manillas hasta el instante exacto en que nuestros labios se juntaron por última vez. Quiero congelar ese momento y no dejarlo ir, obviar el resto y permanecer en aquella posición que me otorgaba voluntad y fuerza, ganas de sonreír. Cogerte del brazo y pedirte que lo intentes, que no dejes de quererme, que te quedes y confíes en aquellas últimas palabras que hace apenas cuatro horas no pude reprimir.

Quizás nunca lleguemos a comprender la suerte que decidió posar sobre nuestras cabezas la posibilidad de comenzar lo que tanta gente ansía. Puede ser que nunca estuviésemos preparados para enfrentar el reto de cuidar a alguien por encima de nosotros mismos. Sin duda, desespero. Pierdo la cordura ante la terrible sensación de las hipotéticas historias que podrían acontecer si soltásemos nuestras manos, de las inminentes realidades que azotarían mi cabeza y acompañarían las respectivas sendas, la tuya y la mía, paralelas. En brazos de otra, dedicando tus mágicos momentos a una persona que ni siquiera pongo cara y que, seguramente, me doblase la distancia en carreras de bondad y entrega, respeto y amor. Esa persona que lograse sacarte una sonrisa cada día y una carcajada en cada tic-tac de un reloj desgastado.

Lo siento. Desearía arrancar la pena de tu pecho de un mordisco y sanar la herida con caricias y besos, pero sé que ha llegado el momento crítico en que las batallas pesan más que nuestras aventuras sobre la cama. Balanza y a pensar, mientras este dolor rompe las barreras que mantienen estable mi identidad.

Congelada. El frío polar ha decidido que recorrer de norte a sur mi cuerpo hasta paralizarlo puede ser una buena forma de castigar las palabras que mi boca suelta sin importar hacia dónde se dirigen y por qué. Siempre alerta, con una estrategia defensiva cubriendo mis espaldas. Pasado enturbiado por mentiras y lágrimas que emanaban desde lo más profundo de aquello que un día, aunque me cueste recordarlo, tuve: inocencia.

Lo infantil de mi persona quedó olvidado en un escalón, sin quererlo, decidió abandonarme definitivamente para esconderse en algún rincón de mí. No sé dónde está. Igual ya ni existe.

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