Dulce Otoño

Yo nunca pedí nada especial, aunque mis sueños siempre alzaron la cabeza hacia el poste más elevado, rozando lo imposible. Quizá siempre esperé la llegada de lo perfecto, aún sabiendo que lleva el apellido utópico escrito entre las sábanas. Siempre me aferré a clavos ardiendo, a metáforas sobre el amor, que cogían forma en mis gestos y abrazos, pero se estancaban en promesas vacías y en el tic-tac de los relojes de pared.

La caída de las hojas otoñales me trae recuerdos lejanos, sentimientos infinitamente diferentes, pero con ligeros toques de semejanza. La falta de horas de luz se compagina con la ausencia de ganas de luchar contra fantasmas que destruyen mis sentidos. Harta de creer, una y otra vez, en frases que regalan a mis oídos la dulzura inerte de labios ajenos. Cansada de esperar la apertura de una puerta que le conceda a mis ojos la visión de un paraíso inexistente, el viaje eterno a la tranquilidad de los vaivenes.

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